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Trump lleva a Estados Unidos a convertirse en un país que prioriza los dólares y las armas, despojándose de toda sensibilidad y acción global por la salud humana y la del planeta. Al menos, ahora Estados Unidos se quita las mascaras que maquillaban sus discursos de libertad y paz, como los de Biden en su despedida. Entramos en una nueva fase de la historia donde el compromiso por el bien común debe ser reinventado mediante una estrategia que confronte la dictadura global en sus formas militar-nuclear (Trump), tecnológica-manipulativa (Musk) y financiera-especulativa (Fink).
Estas tres figuras, aliadas por sus egoísmos trilionarios, representan una amenaza para la esperanza de una humanidad que busca armonía entre los pueblos y la naturaleza. Occidente de esconde bajo la sombra de Washington guardando silencio ante genocidios como el de Gaza y apoyando oligarquías anacrónicas como el Consejo de Seguridad de la ONU. De la credibilidad de Occidente que venció al nacismo hace 80 años y lifero el discurso de naciones unidas, derechos universales, justicia redistributiva y compromiso por la paz, hoy no queda más que retórica vacía.
Más que nunca, debemos resistirnos al consumo globalizado que aliena y destruye, a los sistemas de financiación especulativa públicos y privados que concentran el poder en unos pocos, y a las guerras impulsadas por los intereses de control de recursos naturales. Es momento de imaginar con más valentía un mundo sin fronteras de alambradas, sin acaparamiento por parte de unos pocos, y sin “ismos” religiosos, ideológicos o patrioticos que dividan. Un mundo donde toda la humanidad pueda vivir en armonía con la naturaleza, con soberanía local sobre lo esencial, y colaborando globalmente en la creación de bienes comunes.
Esta nueva revolución debe ser valiente. Debemos rechazar las tentaciones de someternos a través del consumo, el ahorro y los votos ciegos a un poder que, sin disimulo, ya lo infiltra todo. Es tiempo de repensar, resistir , reinventarnos y reconstruir.
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